En junio de 2023, la Orquesta Sinfónica del Gran Teatre del Liceu afrontó unas semanas decisivas dentro del proyecto artístico impulsado por Josep Pons desde que asumió la dirección musical en 2012. La programación reunía algunos de los retos más exigentes de la formación y ampliaba su presencia más allá del foso operístico, tanto en Cataluña como en el ámbito internacional.
El primer gran desafío fue Parsifal, de Richard Wagner, una obra monumental de casi cuatro horas y media que requiere cerca de un centenar de músicos, un importante refuerzo de las secciones de cuerda y metal y un trabajo minucioso sobre la enorme complejidad armónica, tímbrica y dramática de la partitura. Josep Pons señalaba que, pese a sus dimensiones, Wagner construye la obra mediante ideas breves y continuamente renovadas, como un gran mural formado por pequeñas miniaturas musicales.
Inmediatamente después, la orquesta realizó su debut en la Opéra Bastille de París con El castillo de Barbazul, de Béla Bartók, protagonizado por Iréne Theorin y Bryn Terfel. La actuación, aplazada anteriormente debido a la pandemia, constituía un hito histórico en la trayectoria internacional de la Orquesta del Liceu y una oportunidad para presentar su identidad sonora en uno de los principales teatros de ópera europeos.
La formación continuó su actividad con una gira por Cataluña, con conciertos en Lleida, Manresa y Sant Cugat del Vallès, y con el gran concierto gratuito en la playa del Bogatell, donde interpretó el Boléro de Ravel y la Sinfonía del Nuevo Mundo de Dvořák. El programa de la gira contó también con Sílvia Pérez Cruz y Feliu Gasull, reforzando la voluntad del teatro de acercar la orquesta a nuevos públicos y ampliar su presencia en todo el territorio.
Durante las semanas siguientes, la Orquesta del Liceu participó asimismo en el Festival Grec de Barcelona, primero en el espectáculo de Sasha Waltz & Guests y posteriormente en un concierto dedicado al wagnerismo en el Palau de la Música Catalana, dirigido por Josep Pons. Esta sucesión de proyectos mostraba la versatilidad de la formación y la consolidación de una orquesta capaz de abordar el gran repertorio operístico, el concierto sinfónico, la danza y los proyectos de divulgación ciudadana.
Tras once años de trabajo, Josep Pons consideraba que se había alcanzado aproximadamente el 80% del proyecto de renovación de la orquesta, con avances en la estabilización de la plantilla, la homogeneidad del sonido, la cobertura de plazas, la proyección internacional, las grabaciones y la visibilidad pública de la formación. El resultado comenzaba a definir una identidad propia basada en el equilibrio, la elegancia y la expresividad.